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Del escritor e historiador mexicano Ernesto Ocampo, En SÚPER LUCHAS #313 (4 de mayo de 2009), durante la epidemia de influenza H1N1, escribí esto:

Del escritor e historiador mexicano Ernesto Ocampo

En SÚPER LUCHAS #313 (4 de mayo de 2009), durante la epidemia de influenza H1N1, escribí esto:

 

La ciudad está paralizada. La lucha libre es una de tantas actividades que han sido suspendidas debido a una epidemia de influenza porcina que, en cuestión de días, desde México cruzó los océanos para convertirse en pandemia, y qué, no por bochorno, pero sí por retraimiento, su nombre cambió para volverse “influenza humana”, como si nuestra especie no tuviera sus propias versiones de una enfermedad que cada año presenta una nueva mutación. La actividad luchística se ha reducido casi a cero, de tal suerte, que de las reseñas presentadas en el presente ejemplar, únicamente la de Coliseo Coacalco corresponde a la primera semana de estas tribulaciones en el centro del país. No obstante, por contenido no nos detenemos; no se aflija usted por ello, pues siendo la única revista luchística que ve a este deporte como algo global, traemos reportes de diversas partes del mundo.
Supuestamente esta semana deben normalizarse las actividades económicas, aunque seguirán percibiéndose en toda calle a los ciudadanos con cubrebocas, artificios que de la noche a la mañana se convirtieron en algo cotidiano y que, de manera casi inaudita, nos recordaron cuán frágiles somos. El terremoto de 1985 nos escupió esa realidad en pleno rostro. Aquella vez, las celebraciones de los 52 años de la Empresa Mexicana de Lucha Libre tuvieron que suspenderse.
Pero antes –mucho antes—hubo otros temblores, otras epidemias, como aquella que le dio, en cierta forma, la victoria a las tropas de Hernán Cortés en el tristemente célebre sitio a la gran Tenochtitlán. Cinco décadas después de tal sujeción, la colonia, bautizada como Nueva España, era gobernada por don Martín Enríquez de Almansa, el cuarto virrey, y en 1576 se desató una terrible peste:

“Los síntomas de aquella espantosa enfermedad nada tenían de extraños, y sin embargo, ninguno de los atacados llegaba a salvarse, ni había médico ni remedio alguno que pudiera darles alivio. Anunciábase el mal por un fuerte dolor en la cabeza, e inmediatamente sobrevenía la fiebre; pero una fiebre voraz que agitaba de tal manera a los infelices epidemiados, que no les permitía cubrirse ni con el vestido más ligero. (…) Con la peste llegó también el hambre; el contagio había penetrado en todas las casas de los mexicanos; los que quedaban libres huían con horror de los apestados: una tristeza profunda y un terror pánico se apoderaron de todos los corazones. (…) Los alrededores de la capital, los barrios que estaban fuera de la traza, que era el centro de la ciudad, destinado exclusivamente para las habitaciones de la colonia española, presentaban un cuadro de muerte y desolación imposible de describir. (…) En vano se apeló al auxilio de la ciencia; en vano el doctor don Juan de la Fuente, uno de los médicos más célebres de aquellos tiempos, procuró en el hospital real estudiar en los cadáveres de los apestados, y descubrir algo que le indicase el origen y la causa del mal. El diagnóstico era imposible; pero seguro el pronóstico, la muerte. (….) Los mexicanos creían ya que su raza iba a desaparecer de la tierra, y los españoles miraban con espanto que iban a quedar solos en medio de aquel inmenso desierto. (…) Aquella horrible peste, a la cual algunos llaman el matlatzáhuatl, que dejó desiertas y tristes grandes ciudades y floridas campiñas, cesó casi repentinamente a fines de 1577. El virrey, que por conducto de los gobernadores y corregidores se había informado escrupulosamente de cuanto acaecía, hizo que se guardara en el archivo de la ciudad el testimonio del número de muertos, y eran más de dos millones”.
Así lo relata Vicente Riva Palacio en El Libro Rojo (cuyo coautor es Manuel Payno y se encuentra en la colección Cien de México, de Conaculta), usando como fuentes a los clérigos Andrés Cavo, Agustín Dávila Padilla y Fray Bernardino de Sahagún.

Con los adelantos científicos, las epidemias han podido ser controladas y las pérdidas reducidas, no habiendo más tales horrores. Así que aunque la ciudad permanezca semivacía, extraña y con temor, no pierde su chispa, su alegría.
Curiosamente unos días antes de que se diera a conocer la epidemia, platicaba con Roberto Reyes, viejo amigo de los días en la universidad, acerca de una reseña sobre una ópera mexicana: “Cleopatra”, de Melesio Morales, que fue estrenada en el Gran Teatro Nacional de esta capital el 14 de noviembre de 1891, con la soprano Salud Othón en el papel protagónico. La puesta en escena fue suspendida dos noches consecutivas porque se enfermó la señora Othón, y ejemplifiqué la genial salida que tuvo el autor de la reseña para entregar al periódico el texto de algo que no sucedió. “Sería buena idea al menos mencionar esa reseña el día que la Arena México suspenda una función de improviso”, le comenté a mi amigo, y dado que las páginas que ahora ustedes leen son por lo regular el espacio de los viernes en la México, transcribiré ese buen ejemplo de cómo usar la literatura para salir al paso en el trabajo periodístico. Escribe un tal “Puck” en la edición de El Universal del 20 de noviembre de 1891:

“Corren rumores alarmantes respecto a la suspensión, por dos noches consecutivas, de Cleopatra. Esto coincide con el divorcio y con el monopolio de la carne. Por lo mismo es sospechoso. Desde luego inspira recelo eso de que se haya enfermado la señora Salud Othón. Una Salud que se enferma es inverosímil. Pero hay algo más extraño. El cartel que anunciaba la enfermedad en la primera noche, decía que la señora Othón cantaría Cleopatra al día siguiente. ¿Serían adivinadores los médicos que firmaron el certificado correspondiente?, ¿cómo sabían que la señora Othón podría cantar? Las dolencias de la hermosa e insigne artista no son cometas de parábola conocida. La prueba es que, a pesar del anuncio, no se cantó Cleopatra el miércoles, y la señora Salud Othón siguió como la víspera: sin nombre. Lo grave del caso es la perturbación que pueden causar en las familias estas suspensiones de a última hora. Yo pienso que las promueve Mateos para hacer prosélitos. Supongamos, por ejemplo, que un marido sale del hogar doméstico diciéndole a la señora:
—Voy a ver Cleopatra.
Él va a ver a Concha, a Petra o a Indalecia, para hacer estudios acerca de las cuestiones palpitantes que preocupan hoy a la prensa y a la sociedad. Vuelve a su casa a la hora que comienzan a vender las jaletinas. Se levanta, y en el desayuno, la señora le dice:
—¿Qué tal la Cleopatra?
—¡Divina!
—¿Cantó bien la Othón?
—Ni se le conocía que hubiera estado enferma.
Por la noche llega al hogar este humilde periódico de ustedes (lo regalo porque no es mío), y en él, un parrafito que dice: ‘NO SE CANTÓ ANOCHE CLEOPATRA POR HABER SEGUIDO INDISPUESTA LA SEÑORA OTHÓN’. La reyerta es inminente. Pero todavía reviste gravedad mayor lo que voy a decir: supongamos que la señora es como nosotros: enemiga de los monopolios. Sabe que su marido, melómano incurable que tararea Lohengrin todas las noches al quitarse los calcetines, va al teatro. Escribe, pues, a Pepe, un billetito diciéndole que de nueve a diez puede ir a verla. El marido que es melómano, pero no tenor de fuerza, ni anda en trapicheos ni se desvela sino con música, viendo que no hay función, vuelve a casa… Allí oye un MI natural que le hace lanzar un RE sostenido…
¡Cleopatra!, ¡Cleopatra!, ¿cuántos crímenes se habrán cometido por tu culpa? Tú eres cómplice de Mateos, quien te va a llamar en su próximo discurso: ‘la perla de occidente de la historia’. No te conocía cuando presentó su proyecto de ley, pero si te hubiera conocido, habría hablado de ti y del monopolio de la carne, a propósito del divorcio”.

El tal Mateos al que se refiere “Puck” es el magistrado don Manuel Mateos Alarcón, quien por aquellos años promovía la legalización del divorcio, y entre la sociedad existía una polémica al respecto como la hay actualmente en el caso del aborto.
“Puck”, por otro lado, es el seudónimo con el que firmó esa divertida reseña don Manuel Gutiérrez Nájera, y fue tomada del excelente Diccionario de la Ópera Mexicana, del historiador Octavio Sosa (Colección Ríos y Raíces, de Conaculta)
¿Habrán existido escenas similares hace dos viernes, cuando el público acudió en gran número a la Arena México sólo para encontrar que la función había sido suspendida?
En fin… En lo que volvemos a la normalidad, que sabemos será sólo una normalidad relativa, pues tendremos que aprender a vivir con la influenza porcina hasta que ésta logre ser erradicada por completo, no tenemos más que asegurarles que seguiremos trabajando para traerles la mejor y la más certera información sobre la lucha libre a nivel mundial.

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