miércoles , julio 17 2019
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Alejandro.Carbonell.Columna.4

Columna ::: Desde las Gradas

Columnista ::: Alejandro Carbonell

Sitio ::: Pachuca Hidalgo

Un Arquitecto del Mal , Construido

 

Cualquier aficionado a la lucha libre tiene sus ídolos, aquellas figuras de las que uno encuentra habilidades, formas de llaveo y movimientos que encantan, que logran hacer que uno brinque de la butaca (o grada, según el alcance económico o la ubicación que se prefiera para ver la función), todos tenemos uno o varios héroes sea cual sea el bando en el que se desenvuelvan los personajes. Dentro de mis ídolos –o mejor dicho, entre ellos-, como en todo, hay quienes se han ganado la idolatría casi total y hay quienes han desecho el pedestal sobre el que les tenía debido a una actitud déspota o simplemente gracias a que uno “los agarra en mal momento”.

Esta entrega va dedicada a modo de crítica ante esos insoportables y alzados que piensan que, por estar sobre un ring, se les “debe” –claro, es obligación del aficionado- tener mucho más respeto del que realmente merecen por el trabajo que desarrollan sobre el cuadrilátero. La crítica contenida dentro de esta columna, aclaro –sí, siendo dentro de la cuarta entrega que decido aclararlo-, es la visión del aficionado común, no del visitante de ocasión que confunde fama mediática y esfuerzo atlético. Esta columna se trata, como su nombre lo indica, de la visión que existe desde las gradas de muchas situaciones que, generalmente, el luchador desconoce.

Hace algún tiempo, no demasiado pero sí considerable, era aquel aficionado que, por decisión propia, iba a primera fila, esperando una cercanía aceptable entre los gladiadores y lo que tenía que gritar, algunos lograron identificarme, otros tardaron un poco más. Ahora, ese pequeño grupo de gritones del que orgullosamente formo parte ya es conocido dentro de la Arena Afición de Pachuca por la mayoría de los luchadores que regularmente trabajan en ella. Mi idea principal al estar en primera fila era, como la de cualquier aficionado, conseguir alguna que otra fotografía, pues el recuerdo quedaría guardado y me llevé gratas sorpresas, así como tragos muy amargos que me llevaron a ser un tanto más selectivo al elegir a mis ídolos.

Un luchador no necesita de mucho para terminar de ganarse la simpatía de los admiradores, dos cosas fundamentales nada más, trabajar bien y ser sencillo, algo de lo que ya comenté en pasadas entregas. Pareciera a veces y sin embargo, que es demasiado lo que se requiere, pues hay alguno que otro que no logra comprender, peor aún, que quisiera obligar a que la gente le celebre su personalidad pusilánime y engreída, culpa probablemente de algunos promotores que insisten en programarlos como si fueran auténticas leyendas cuando la misma gente les reprocha el haber tenido el cinismo siquiera de salir a luchar (oh, pero como son de familia numerosa y pagan boleto, el asunto es la ganancia, al fin negocio, le duela a quien le duela).

Algo similar ocurrió el martes 8 de julio, una lucha que pudo haber sido espectacular (al grado de obtener dinero de la audiencia), se hizo trizas debido a la inexperiencia, inmadurez y sobrevaloración de una pequeña estrella local a quien siquiera mencionar es darle publicidad de cualquier tipo, -incluso mala- pero la crítica no tiene sentido si no se menciona a quien se critica, se trata del Arquitecto del mal. Dicho personaje lleva ya algún tiempo figurando en las luchas de los martes, día en que se procuran los mejores carteles ganándose no mucho menos que abucheos y malas recomendaciones de los asiduos fanáticos para quienes van por primera vez. Cosa curiosa sucedió precisamente ese día, cuando, todos, incluso los amigos de dicho personaje terminaron por voltearse contra éste y prefirieron apoyar al otro bando, en el que se encontraban luchadores con más experiencia, mucho mejor trabajo y más –mucha más- lucha libre.

¿Qué sucede con las estrellas recién nacidas de la lucha libre? El físico no hace a los luchadores, tampoco el conocer gente o invitarlos a que asistan con tal de apoyar (y, de nuevo lo digo, así lograr que el promotor gane dinero), no entiendo muchas veces la existencia de gente como el Fresero Jr. Existen personas y luchadores mucho más dignos de ser nombrados, tal es el caso de La Plaga, un luchador local entrañable dentro del ambiente y la fanaticada, gente como Chico Che o El Fantasma de la Ópera que si algo conocen es la lucha libre tal cual y a pesar de su enorme trayectoria nunca han hecho grosería alguna ante cualquier fanático, les digan lo que les digan.

Luchadores de cepa (por llamarles de alguna manera) hay pocos, no todos siguen el ejemplo de humildad que tenían El Santo o Blue Demon, pero los que hay, son (o fueron) grandes precisamente por eso, tal es el caso de El perro Aguayo o Canek, incluso los mismísimos Dinamitas, la dinastía Casas, Dr. Wagner, La Parka, L.A. Park, el Hijo del Perro Aguayo, Octagón, Damián 666, Bestia 666, X-Fly (Mosco), Haloween, Draztick Boy y su hermano, el Cíclope, Super Crazy (aquí hago una enorme reverencia), Psicosis, Máscara Sagrada, la dinastía de los Huracanes, Último Guerrero, Mr. Niebla, Kulikitaka, El Médico Asesino y su hijo, Sacristán del Diablo, El Maldito Jr, Miedo Extremo, El Intruso, Jhonki, Pesadilla, Apolo Valdés, Black Terry, los Traumas, el Rey Bucanero, Pirata Morgan.

Lo sé, son muchos y me faltan muchos más (a quienes pido disculpas pero esto del límite de palabras no me permite nombrarlos a todos, tengo que seguir desarrollando el tema, en futuras colaboraciones les mencionaré con más calma y palabras, quería demostrar el punto principal de esta columna), pero toda esta gente ha logrado hacerse de un nombre, de una fama y de una carrera impulsada por la gente, gracias, precisamente a su forma de ser, a su entrega, a las ganas que ponen en cada una de las funciones en que aparecen, no hay arenas pequeñas y no hay funciones menores, hay luchadores grandes y luchadores a los que el cuadrilátero les queda grande, por desgracia.

El físico impone y tal es el caso de nuestro Arquitecto, tiene buen físico, una altura sobresaliente y una figura hecha completamente en gimnasio, lo que es una gran desgracia, puesto que se le ve torpe, lento y no posee condición física. Su manera de luchar torpe y cortada recuerda mucho a aquel otro personaje, Zumbi, quien, recién llegado a México y al estar más especializado en Capoeira, no tenía más remedio que entrar al cuadrilátero, realizar un brinco, dos patadas y salir despavorido luego de cualquier castigo que se le aplicara. Digamos que al menos a Zumbi se le comprende porque no estaba tan acostumbrado al esquema de lucha que se tiene en este país (poco a poco se ha ido acostumbrando y ahora ya da un poco más de espectáculo pero sigue siendo más mediático, también lo puede usted, querido lector, conocer como el Inspector Honesto, claro, ese de los comerciales).

No es simplemente cuestión de imponer, la lucha libre es todo un arte, el saber cuándo entrar, qué hacer y cómo hacerlo es fundamental, uno de los mejores atributos que tiene el deporte es la coordinación de quienes lo practican, pues esto logra crear ese ambiente de batalla, de pugna, al final ¿de qué sirve dar miedo si no se da espectáculo? Es una de las principales desventajas que poseen las empresas norteamericanas, sus estilos son mucho más físicos y se olvidan de aquella parte fundamental que tanto gusta a quienes conocen la lucha libre mexicana y han estado presentes en batallas dignas, el llaveo. Un cuerpo torpe no se presta para la lucha a ras de lona y es, por consiguiente, una gran pérdida dentro de la lucha libre, así sucede con nuestro personaje, sus participaciones, así estén ayudadas de gente que sabe lo que hace, resultan insípidas, descoloridas y sobre todo, abucheadas.

El abucheo es la forma más común del ser humano (principalmente del mexicano), para demostrar desaprobación, se da muchas veces cuando uno no está de acuerdo con lo que ve o con cómo se hacen las cosas, es un instinto incluso primitivo que tenemos para denotar enojo, molestia, aburrimiento o apatía acerca de algo y cuando se trata de un público exigente, es mucho más sencillo que se demuestre.

La lucha libre consta de dos bandos principales que ya están definidos en participaciones anteriores, ambos tienen esquemas establecidos con anterioridad, la forma de ser de cada personaje es indispensable dentro de la función.

El trabajo del técnico es ir con las reglas, ser el bueno de la historia, aquel que no desobedece órdenes y que intenta hacer todo al pie de la letra, como se indica, el rudo es más libre, tiende siempre a manipular el reglamento, entrar cuando  no debe, ayudar al compañero cuando éste no le ha dado el relevo si se trata de una lucha en relevos, engañar al referee y todo esto logra entrar en el arco que debe seguir cualquier historia y que teóricos como Joseph Campbel han establecido para mantener un hilo conductivo, si no hay conflicto que resolver, no hay historia. Si no hay un momento en que el “bueno” se vea en problemas, no existe la idea del mártir, si no hay desigualdad, la lucha no tiene razón de ser, la existencia de bandos dentro del espectáculo resulta entonces inútil y desperdiciada.

Un luchador debe mantener el estereotipo que se le dictamina. Platicando un día con el Campesino del Valle comentaba precisamente esto, no es lo mismo ser rudo o técnico y cualquiera que se dedique a este deporte debe tener eso bien en claro, trabajar su personaje dependiendo al bando al que pertenece y mantenerlo dentro de las normas que rigen a dicho bando, claro, hasta para ser malo hay reglas, es por esto que no comprendo la existencia de “los técnicos más odiados” que el CMLL ha estado manejando con Rush y esta pequeña banda de técnicos que no tienen la capacidad para mantener su bando, no pueden siquiera seguir esquemas ya establecidos, lástima.

Todo esto viene precisamente porque el personaje del que estamos hablando, pareciera tener otra concepción de la lucha libre, quiere ser juez y parte dentro de la justa y gracias a estas enormes ansias de sobresalir, tiende a cortar la actuación del bando rudo metiéndose justo cuando se encuentran actuando como deben hacerlo, todo sea por lucir su altura y dar a entender a la gente que su personaje –al menos así se podría entender si es que se entiende alguna vez- decide cómo es que se lleva a cabo la lucha. Un técnico no puede hacer esto, incluso ni siquiera un rudo y la afición lo sabe, por eso es que le recrimina y nuestro personaje tan entrañable se mete con la gente y no es para agradecer.

 

Hace no mucho tiempo, el Arquitecto luchó al lado del oficial AK-47 ante el Eterno y Cannis Lupus, una lucha, obviamente manchada por la inexperiencia en la que nuestro personaje terminó envuelto en lo que más pareciera ser un conflicto callejero entre conductores de ruta para ganar pasaje que lucha libre. A pesar de que los otros tres dentro del cuadrilátero sabían lo que hacen, ya que trabajaron juntos en la IWRG en la Arena Naucalpan, el Arquitecto consiguió que todos fueran abucheados logrando el enojo obvio por parte de los otros tres personajes que se esforzaron por dar una buena exhibición –y de hecho, lograron darla, son muy buenos en su trabajo, sin embargo la cadena es tan fuerte como el más débil de sus eslabones-. Terminando el encuentro, obviamente el bando rudo criticó en el micrófono la actuación del Arquitecto y el Oficial AK-47 en un intento de rescatar algo de quien había sido su compañero le dijo algo más o menos así: “tienes aptitudes, tienes el físico pero vas empezando, te falta crecer pero con esfuerzo se logran las cosas”, un luchador con más de 10 años de experiencia no puede estar muy equivocado y sin embargo, nuestro personaje le despreció el consejo evidenciándolo ante la gente. Como es de esperarse, el Oficial le terminó diciendo lo poco que le ayudaría ser tan arrogante y, como también de esperarse es, no fue tomado tampoco ese consejo.

 

Todo en esta vida son lecciones, al principio comentaba que me gustaba sentar en primera fila y el comentario va por algo que me sucedió. Vino el hijo de Dr. Wagner Jr. que por esos años habrá tendido no más de 20 años, un luchador con muchas posibilidades al que no había tenido oportunidad de ver, dio una buena exhibición pero uno es molesto y a las luchas se va a desahogar (en las próximas entregas comentaré sobre lo bueno o malo que puede resultar ser así) y al final terminamos enfrascados en una guerra de desaprobaciones a través del micrófono, el buen Hijo de Wagner (quien se bajó del ring) y un servidor, simplemente le dije que apenas empezaba y que le faltaba (en ese tiempo, ahora menos) bastante para lograr ser igual que su padre, que no intentara colgarse del nombre. Me contestó que él era el Hijo de Wagner Jr. y así como a su padre, se le respeta. Tras este teatro y habiendo devuelto el micrófono, me tendió la mano y me dio un abrazo mientras me decía “gracias a gente como tú, trago y esto vale la pena”, sus palabras a la fecha siguen presentes en mi cabeza, el consejo de un aficionado que no intentaba sino pedirle que sorprendiera por lo que es y no por el nombre que lo antecede fue recibido como tal, un consejo y como tal, fue agradecido.

 

No es mi intención desaprobar por completo lo que tiene el Arquitecto del Mal, puede, incluso, ser un gran luchador, una estrella local y tendría también posibilidades de llegar más lejos, pero se necesita ser lo suficientemente inteligente como para aceptar la pequeñez propia, el ego no le sirve ni a los argentinos y una actitud altanera no va a lograr que un personaje de entrada sobrevalorado consiga llegar muy lejos. Quizá no tenga que dar consejos, doy mi punto de vista y parece que no es simplemente el mío, sino el de muchos aficionados e incluso de luchadores.

 

La virtud es el justo medio entre el exceso y el defecto, según Aristóteles, pero es una línea tan delgada que es difícil de identificar y una personalidad exagerada, pedante y ególatra no podrá conseguir mucho más que lo que su pobreza de espíritu soporte, más tratándose de un verdadero pusilánime. Un luchador tiene que hacerse nombre, es como aquel caminante que se va haciendo camino al andar. Me daría mucho gusto que el Arquitecto del mal decidiera trazar un mejor camino dentro de la lucha libre mediante la construcción de un personaje con cimientos sostenidos por la humildad y el esfuerzo aunque esto signifique para él, renunciar a ese ego tan crecido y alimentado por las ilusiones de un promotor que intenta a toda costa crear un ídolo de barro aunque no tenga madera para serlo.

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